Cuando lo vi pensé que no valdría ni dos centavos. Era un dibujo de una familia, hecho por un niño de unos cuatro años a lo mucho. El papá y la mamá estaban en el recuadro izquierdo del papel, tomados de la mano y con una enorme sonrisa en sus rostros; junto a ellos estaban sus hijos, empezando por el mayor, que sostenía algo que parecía ser una patineta; después estaba una chica con una faldita rosa a cuadros y una flor amarilla en una de sus manos; por último, a la derecha de la hoja, se encontraba un chiquillo de gorra azul con una sonrisa que cruzaba su carita de oreja a oreja.
El jardín de niños, en donde mi hermana trabaja como maestra, estaba organizando una venta de artículos escolares a medio uso. Decidí echar un vistazo; tal vez encontraría algunos accesorios para mi oficina. En una de las esquinas del cuarto estaban varias cajas apiladas y yo empecé a revisarlas con la esperanza de encontrar algo que me sirviera; sin embargo, sólo encontré unos cuantos papeles viejos, exámenes, programas, calificaciones antiguas y ese viejo y descolorido dibujo.
Me llamó la atención que estuviera ahí y me acerqué a la señorita que atendía las ventas para preguntarle si ese dibujo estaba a la venta o si había parado ahí por error. Ella miró el papel que yo sostenía entre mis manos y, con una sonrisa burlona, me dijo que la caja de donde yo lo había sacado era una de las cajas de deshechos, y nada de eso estaba a la venta. Sonreí tímidamente y regresé a la esquina donde había encontrado aquel dibujo. Abrí la caja de donde lo había sacado y, justo antes de meter el papel, pasó una ancianita junto a mi y con voz dulce, me pidió permiso para ver aquél dibujo. Me extrañé mucho de su petición. Cuando le di la hoja, ella la sostuvo entre sus manos temblorosas y en su rostro se dibujó una hermosa y cálida sonrisa. Luego volteó hacia mí y me dijo que ese dibujo era de su nieto.
Lo reconoció por las iniciales que estaban en la esquina inferior del papel, pues, según ella, su nietecito siempre escribía esas letras con su crayón negro al terminar algún dibujo. Después de darme aquella explicación se dio media vuelta y se dirigió hacia la vendedora que se encontraba al otro extremo del salón, yo la seguí con la mirada a lo largo del cuarto y con un poco de esfuerzo pude escuchar su conversación con la dependienta. La ancianita preguntó el precio del dibujo y la señorita le respondió lo mismo que me había dicho a mi unos minutos antes, que ese dibujo no estaba a la venta, que era basura.
La viejita le sonrió por unos instantes y con una mirada tierna y transparente le dijo: “No, señorita, esta no es basura; yo estaría dispuesta a pagar cualquier precio por este dibujo. Verá usted, lo hizo mi nieto a quien yo quise mucho... Desgraciadamente, Nuestro Señor se lo llevó al cielo.Tal vez lo necesitaba más allá arriba.” Sus ojos se llenaron de lágrimas y estrechó fuertemente contra su pecho aquél pedazo de papel. La señorita le sonrió y le dijo que podía llevarse el dibujo sin necesidad de pagar nada, de hecho, le ayudaría a buscar otros dibujos y objetos de su nieto que, posiblemente estarían perdidos entre las cajas. La ancianita secó sus ojos y sonrió agradecida.
Cuando vi aquél dibujo por primera vez pensé que no valía nada; ahora sé que lo que determina su valor no es la calidad de papel o los colores, si no la historia que envuelve. Para mí no era más que un trozo de papel arrugado y medio sucio, para aquella viejita era parte de su vida.
En la vida suele pasar lo mismo con las personas. A lo largo del día nos topamos con mucha gente en el camino, gente que no conocemos, de la cual no sabemos su pasado, ni las experiencias que han vivido; sin embargo, debemos tener bien claro que cada una de ellas representa una valor inestimable, no por lo que tienen o representan, si no por lo que son: seres humanos, como nosotros; con una familia y amistades, igual que nosotros; que esperan amar y ser amados, al igual que tú y que yo.
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